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viernes, 24 de mayo de 2013

Prólogo. Jorge Luis Borges.


Los sueños, que tejen buena parte de nuestra vida, han sido prolijamente estudiados, desde Artemidoro hasta Jung; no así la pesadilla, el tigre del género. Vaga ceniza del olvido y de la memoria, los sueños de la noche son lo que van dejando los días; la pesadilla nos depara un sabor singular, del todo ajeno a la vigilia común. En determinadas obras de arte reconocemos ese inequívoco sabor. Pienso en el doble castillo del cuarto canto del Infierno, en las cárceles de Piranesi, en ciertas páginas de De Quincey y de May Sinclair y en el Vathek de Beckford.
William Beckford (1760-1844) heredó una vasta fortuna, que dedicó al estudio y al ejercicio de las artes, a la edificación de palacios, a los placeres, a la ostentosa reclusión, a la colección de libros y de grabados y, siquiera al principio, a esa douceur de vivre que sólo conocieron, se afirma, aquellos a quienes le fue dado vivir antes de la revolución francesa. Su maestro de música fue Mozart. Erigió altas torres efímeras en Portugal y en Inglaterra, en Cintra y en Fonthill. Encarnó para sus contemporáneos el tipo de lord excéntrico. Se pareció de algún modo a Byron o a la imagen que hoy tenemos de Byron. A los diecisiete años redactó biografías satíricas de pintores flamencos, cuya labor admiraba. Su madre descreía, como Gibbon, de las universidades inglesas; William se educó en Ginebra. Recorrió los Países Bajos e Italia, a los que dedicó un libro anónimo en forma epistolar, que casi inmediatamente destruyó y del que sólo quedan seis ejemplares. Durante un tiempo circuló la versión de que tres días y dos noches de 1781 le bastaron para escribir Vathek. Esta leyenda es una prueba de la unidad del libro. Beckford lo redactó en francés; el inglés era entonces, como las otras lenguas germánicas, un tanto lateral. En 1876, Mallarmé prologó una reimpresión del original.
La influencia tutelar del Libro de las Mil y Una Noches no es menos evidente en estas páginas que la invención y la buena ejecución de la fábula. Andrew Lang declara o sugiere que la invención del Alcázar del Fuego Subterráneo es la mayor gloria de este volumen.


Prólogo a Vathek, (Colección Biblioteca Personal).



Prólogo. Jorge Luis Borges.


Hacia mil novecientos treinta y tantos yo era auxiliar primero de una casi secreta biblioteca en los arrabales del oeste. Me encargaron la adquisición de libros ingleses, que sólo yo leería. Al hojearlos recobré con asombro una tarde de mi niñez: la tarde en que leí, en otro arrabal, el Vathek de Beckford (1760-1844). Esencialmente la fábula de Vathek no es compleja. Vathek (Harún Benalmotásim Vatiq Bilá, noveno califa abbasida) erige una torre babilónica para descifrar los planetas. Estos le auguran una sucesión de prodigios, cuyo instrumento será un hombre sin par, que vendrá de una tierra desconocida. Un mercader llega a la capital del imperio: su cara es tan atroz que los guardias que lo conducen ante el califa avanzan con los ojos cerrados. El mercader vende una cimitarra al califa; luego desaparece. Grabados en la hoja hay misteriosos caracteres cambiantes que burlan la curiosidad de Vathek. Un hombre (que luego desaparece también) los descifra; un día significan: Soy la menor maravilla de una región donde todo es maravilloso y digno del mayor príncipe de la tierra; otro: Ay de quien temerariamente aspira a saber lo que debería ignorar. El califa se entrega a las artes mágicas; la voz del mercader, en la oscuridad, le propone abjurar la fe musulmana y adorar los poderes de las tinieblas. Si lo hace, le será franqueado el Alcázar del Fuego Subterráneo. Bajo sus bóvedas podrá contemplar los tesoros que los astros le prometieron, los talismanes que sojuzgan el mundo, las diademas de los sultanes preadamitas y de Suleimán Bendaúd. El ávido califa se rinde; el mercader le exige cincuenta sacrificios humanos. Transcurren muchos años sangrientos; Vathek, negra de abominaciones el alma, llega a una montaña desierta. La tierra se abre; con terror y con esperanza, Vathek baja hasta el fondo del mundo. Una silenciosa y pálida muchedumbre de personas que no se miran erra por las soberbias galerías de un palacio infinito. No le ha mentido el mercader: el Alcázar del Fuego Subterráneo abunda en esplendores y en talismanes, pero también es el Infierno. (En la congénere historia del doctor Fausto, y en las muchas leyendas medievales que la prefiguraron, el Infierno es el castigo del pecador que pacta con los dioses del Mal; en ésta es el castigo y la tentación.)
Saintsbury y Andrew Lang declaran o sugieren que la invención del Alcázar del Fuego Subterráneo es la mayor gloria de Beckford. Yo afirmo que se trata del primer Infierno realmente atroz de la literatura. Arriesgo esta paradoja: el más ilustre de los avernos literarios, el dolente regno de la Comedia, no es un lugar atroz; es un lugar en el que ocurren hechos atroces. La distinción es válida.
Stevenson (A Chapter on Dreams) refiere que en los sueños de la niñez lo perseguía un matiz abominable del color pardo; Chesterton (The Man who was Thursday) imagina que en los confines occidentales del mundo acaso existe un árbol que ya es más, y menos, que un árbol, y en los confines orientales, algo, una torre, cuya sola arquitectura es malvada. Poe, en el Manuscrito encontrado en una botella, habla de un mar austral donde crece el volumen de la nave como el cuerpo viviente del marinero; Melville dedica muchas páginas de Moby Dick a dilucidar el horror de la blancura insoportable de la ballena... He prodigado ejemplos; quizá hubiera bastado observar que el Infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla. La Divina Comedia es el libro más justificable y más firme de todas las literaturas: Vathek es una mera curiosidad, the perfume and suppliance of a minute; creo, sin embargo, que Vathek pronostica, siquiera de un modo rudimentario, los satánicos esplendores de Thomas de Quincey y de Poe, de Charles Baudelaire y de Huysmans. Hay un intraducible epíteto del dialecto escocés, el epíteto uncanny, para denotar el horror sobrenatural; ese epiteto (unheimlich en alemán) es aplicable a ciertas páginas de Vathek; que yo recuerde, a ningún otro libro anterior.
Chapman indica algunos libros que influyeron en Beckford: la Bibliothéque Orientale, de Barthélemy d’Herbelot; los Quatre Facardins, de Hamilton; La Princesa de Babylone, de Voltaire; las siempre denigradas y admirables Mille et une Nuits, de Galland. Yo complementaría esa lista con las Carceri d’invenzione, de Piranesi; aguafuertes alabadas por Beckford, que representan poderosos palacios, que son también laberintos inextricables. Beckford, en el primer capítulo de Vathek, enumera cinco palacios dedicados a los cinco sentidos; Marino, en el Adone, ya había descrito cinco jardines análogos. Del Marino siempre recuerdo aquella metáfora del ruiseñor: sirena dei boschi.
Sólo tres días y dos noches del invierno de 1782 requirió William Beckford para redactar la trágica historia del califa. Lo hizo en francés. Según un dato registrado por mi compatriota, el crítico y poeta Enrique Luis Revol, Vathek fue el libro de cabecera de Byron. Beckford encarnó un tipo suficientemente trivial de playboy millonario, gran señor, viajero, bibliófilo, libertino y constructor de palacios. Levantó una azarosa mansión en Fonthill; de la cual, quizá afortunadamente para el buen gusto, no queda piedra sobre piedra.


Prólogo a Vathek, (Colección La Biblioteca de Babel).



Sobre el “Vathek” de William Beckford. Jorge Luis Borges.


Wilde atribuye la siguiente broma a Carlyle: una biografía de Miguel Ángel que omitiera toda mención de las obras de Miguel Ángel. Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido, y casi infinito, de biografías de un hombre, que destacan hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo. Simplifiquemos desaforadamente una vida: imaginemos que la integran trece mil hechos. Una de las hipotéticas biografías registraría la serie 11, 22, 33...; otra, la serie 9, 13, 17, 21...; otra, la serie 3, 12, 21, 30, 39... No es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; otra, de los órganos de su cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él; otra, de todos los momentos en que se imaginó las pirámides; otra, de su comercio con la noche y con las auroras. Lo anterior puede parecer meramente quimérico; desgraciadamente, no lo es. Nadie se resigna a escribir la biografía literaria de un escritor, la biografía militar de un soldado; todos prefieren la biografía genealógica, la biografía económica, la biografía psiquiátrica, la biografía quirúrgica, la biografía tipográfica. Setecientas páginas en octavo comprende cierta vida de Poe; el autor, fascinado por los cambios de domicilio, apenas logra rescatar un paréntesis para el “Maelström” y para la cosmogonía de Eureka. Otro ejemplo: esta curiosa revelación del prólogo de una biografía de Bolívar: «En este libro se habla tan escasamente de batallas como en el que el mismo autor escribió sobre Napoleón». La broma de Carlyle predecía nuestra literatura contemporánea: en 1943 lo paradójico es una biografía de Miguel Ángel que tolere alguna mención de las obras de Miguel Ángel.
El examen de una reciente biografía de William Beckford (1760-1844) me dicta las anteriores observaciones. William Beckford, de Fonthill, encarnó un tipo suficientemente trivial de millonario, gran señor, viajero, bibliófilo, constructor de palacios y libertino; Chapman, su biógrafo, desentraña (o procura desentrañar) su vida laberíntica, pero prescinde de un análisis de Vathek, novela a cuyas últimas diez páginas William Beckford debe su gloria.
He confrontado varias críticas de Vathek. El prólogo que Mallarmé redactó para su reimpresión de 1876, abunda en observaciones felices (ejemplo: hace notar que la novela principia en la azotea de una torre desde la que se lee el firmamento, para concluir en un subterráneo encantado), pero está escrito en un dialecto etimológico del francés, de ingrata o imposible lectura. Belloc (A Conversation with an Angel, 1928) opina sobre Beckford sin condescender a razones; equipara su prosa a la de Voltaire y lo juzga uno de los hombres más viles de su época, one of the vilest men of his time. Quizá el juicio más lúcido es el de Saintsbury, en el undécimo volumen de la Cambridge History of English Literature.
Esencialmente la fábula de Vathek no es compleja. Vathek (Harún Benalmotásim Vatiq Bilá, noveno califa abasida) erige una torre babilónica para descifrar los planetas. Estos le auguran una sucesión de prodigios, cuyo instrumento será un hombre sin par, que vendrá de una tierra desconocida. Un mercader llega a la capital del imperio: su cara es tan atroz que los guardias que lo conducen ante el califa avanzan con los ojos cerrados. El mercader vende una cimitarra al califa; luego desaparece. Grabados en la hoja hay misteriosos caracteres cambiantes que burlan la curiosidad de Vathek. Un hombre (que luego desaparece también) los descifra; un día significan: “Soy la menor maravilla de una región donde todo es maravilloso y digno del mayor príncipe de la tierra”; otro: “Ay de quien temerariamente aspira a saber lo que debería ignorar”. El califa se entrega a las artes mágicas; la voz del mercader, en la oscuridad, le propone abjurar la fe musulmana y adorar los poderes de las tinieblas. Si lo hace, le será franqueado el Alcázar del Fuego Subterráneo. Bajo sus bóvedas podrá contemplar los tesoros que los astros le prometieron, los talismanes que sojuzgan el mundo, las diademas de los sultanes preadamitas y de Suleimán Bendaúd. El ávido califa se rinde; el mercader le exige cuarenta sacrificios humanos. Transcurren muchos años sangrientos; Vathek, negra de abominaciones el alma, llega a una montaña desierta. La tierra se abre; con terror y con esperanza, Vathek baja hasta el fondo del mundo. Una silenciosa y pálida muchedumbre de personas que no se miran erra por las soberbias galerías de un palacio infinito. No le ha mentido el mercader: el Alcázar del Fuego Subterráneo abunda en esplendores y en talismanes, pero también es el Infierno. (En la congénere historia del doctor Fausto, y en las muchas leyendas medievales que la prefiguraron, el Infierno es el castigo del pecador que pacta con los dioses del Mal; en ésta es el castigo y la tentación.)
Saintsbury y Andrew Lang declaran o sugieren que la invención del Alcázar del Fuego Subterráneo es la mayor gloria de Beckford. Yo afirmo que se trata del primer Infierno realmente atroz de la literatura.[1] Arriesgo esta paradoja: el más ilustre de los avernos literarios, el dolente regno de la Comedia, no es un lugar atroz; es un lugar en el que ocurren hechos atroces. La distinción es válida.
Stevenson (“A Chapter on Dreams”) refiere que en los sueños de la niñez lo perseguía un matiz abominable del color pardo; Chesterton (The Man who was Thursday, IV) imagina que en los confines occidentales del mundo acaso existe un árbol que ya es más, y menos, que un árbol, y en los confines orientales, algo, una torre, cuya sola arquitectura es malvada. Poe, en el “Manuscrito encontrado en una botella”, habla de un mar austral donde crece el volumen de la nave como el cuerpo viviente del marinero; Melville dedica muchas páginas de Moby Dick a dilucidar el horror de la blancura insoportable de la ballena... He prodigado ejemplos; quizá hubiera bastado observar que el Infierno dantesco magnifica la noción de una cárcel; el de Beckford, los túneles de una pesadilla. La Divina Comedia es el libro más justificable y más firme de todas las literaturas: Vathek es una mera curiosidad, the perfume and suppliance of a minute; creo, sin embargo, que Vathek pronostica, siquiera de un modo rudimentario, los satánicos esplendores de Thomas de Quincey y de Poe, de Charles Baudelaire y de Huysmans. Hay un intraducible epíteto inglés, el epíteto uncanny, para denotar el horror sobrenatural; ese epiteto (unheimlich en alemán) es aplicable a ciertas páginas de Vathek; que yo recuerde, a ningún otro libro anterior.
Chapman indica algunos libros que influyeron en Beckford: la Bibliothéque Orientale, de Barthélemy d’Herbelot; los Quatre Facardins, de Hamilton; La Princesse de Babylone, de Voltaire; las siempre denigradas y admirables Mille et une Nuits, de Galland. Yo complementaría esa lista con las Carceri d’invenzione, de Piranesi; aguafuertes alabadas por Beckford, que representan poderosos palacios, que son también laberintos inextricables. Beckford, en el primer capítulo de Vathek, enumera cinco palacios dedicados a los cinco sentidos; Marino, en el Adone, ya había descrito cinco jardines análogos.
Sólo tres días y dos noches del invierno de 1782 requirió William Beckford para redactar la trágica historia de su califa. La escribió en idioma francés; Henley la tradujo al inglés en 1785. El original es infiel a la traducción; Saintsbury observa que el francés del siglo XVIII es menos apto que el inglés para comunicar los «indefinidos horrores» (la frase es de Beckford) de la singularísima historia.
La versión inglesa de Henley figura en el volumen 856 de la Everyman’s Library; la editorial Perrin, de París, ha publicado el texto original, revisado y prologado por Mallarmé. Es raro que la laboriosa bibliografía de Chapman ignore esa revisión y ese prólogo.

Buenos Aires, 1943.


[1] De la literatura, he dicho, no de la mística: el electivo Infierno de Swedenborg —De coelo et inferno, 545, 554— es de fecha anterior.


En Otras inquisiciones, 1952.



Las fantasmagorías de Horace Walpole y William Beckford. María Negroni.


El siglo XVIII inglés presenció algunas efervescencias memorables. La invención de la linterna mágica y el fantascope, el furor de las reseñas literarias, el auge de los shadow plays y los dioramas, el culto de las ruinas, la abigarrada irrupción de las mujeres al ejercicio de la pluma son sólo algunas de ellas y evidencian, en todos los casos, un cambio en los hábitos de producción y consumo cultural, así como una preocupación por las formas y códigos de la representación misma.
El siglo era complejo. No hay que olvidar que el floreciente arte del jardín y los preceptos iluministas a favor de un arte y una filosofía política neoclásicas coinciden, en Inglaterra, con la urbanización de la miseria y una industrialización desenfrenada, que acabó erosionando al Antiguo Orden. Del otro lado del canal, la Revolución Francesa amenazaba de manera explícita.
Los cimbronazos del siglo tuvieron en Horace Walpole y en William Beckford a dos aliados, instigadores y testigos ejemplares. El primero había nacido en 1717 en una familia de nobles y fue, como tantos otros de su época y su clase, coleccionista, escritor de cartas (se conservan cuarenta y cinco volúmenes de su correspondencia), anticuario, editor, ensayista, miembro del Parlamento y experto en Historia, Pintura y Genealogía. Un hombre, en suma, prolijamente excéntrico, cuya contribución más curiosa a la literatura es el libro ya mencionado, The Castle of Otranto (1764).
Esta novela, se sabe, tiene una génesis fascinante. Al parecer, habiendo soñado un castillo, Walpole se retiró de la actividad política, compró unos terrenos a las orillas del Thames, en el área de Strawberry Hill, a menos de treinta millas al sur de Londres, y por años no hizo más que contratar, suplicar, despedir y contrariar a infructuosos arquitectos que no lograban captar las convulsiones de un sueño que él mismo no terminaba de soñar y cuyas reglas, inexorablemente, se le escapaban.
En algún sentido, la construcción de Strawberry Hill puede leerse como epopeya lírica. O, lo que es igual, Como un síntoma, una originalidad. Se sabe que, en lo estrictamente concreto, fracasó. Pero ese primer fracaso le puso en las manos un segundo, esta vez esplendoroso. Algo, al parecer, había macerado dentro de él y entonces, su fantasmagoría nocturna pudo transformarse en proeza, surgir como escritura, es decir como reliquia de una carencia, como el rostro admirable de una pérdida.
Por su parte, el castillo de Strawberry Hill, producto de tantas idas y vueltas, existe hoy como una prueba más, si hiciera falta, de que la imaginación se revela, casi siempre, como una forma de la angustia. Todo en él es una prueba ostentatoria de esta premisa. Los espejos que siguen las formas forestales del gótico, tal como las describió John Ruskin en The Stones of Venice (1858). Los cuartos oscuros y claustrofóbicos. Las chimeneas, inspiradas en las tumbas de las grandes catedrales de Westminster, York o Canterbury. Las ventanas en forma de rosetas. Las paredes de seda de damasco. Algunos techos, tapizados de terciopelo escarlata, trenzados con hilos dorados y tachonados de borlas y festones. Nichos en las paredes, pequeñas criptas donde reposan estatuas de comendadores, armaduras de caballeros andantes, claustros saturados de curiosidades, como si lo religioso importara sólo como ornato. Todo es tan monástico en mi casa, decía Walpole, suspirando, a quienes lo visitaban mientras desayunaba en la recámara azul, en compañía de sus ardillas amaestradas. Después, les mostraba los tanques con peces dorados. Las siete bibliotecas con sus quince mil ejemplares Los antílopes de oro, enjaulados, con sus cornamentas vertiginosas, decorando las escaleras iluminadas por arañas de cristal veneciano. El más venerable gloom desde los tiempos de Abelardo, sentenció Alexander Pope.
Esta escenografía de efectos emocionales que es también, por supuesto, el telón de fondo sobre el que se desarrolla El castillo de Otranto fue muy criticada en su tiempo por sus absurdidades, falta de moralidad y mal gusto. Y, sin embargo, es precisamente esta incerteza en materia de tono y estilo la que abre una incisión irreparable en la literatura inglesa y crea esa falsa luz imprescindible donde Manfred, el villano ambicioso de Otranto, despliega sus maldades y hace ver, a contraluz, las tensiones que carcomen al siglo. No son otros los méritos de esta primera novela gótica. Con ella, con sus encarnaciones espectrales, comienza a revelarse una incapacidad social fundamental para sostener, por medio de la razón, la virtud o el honor, las viejas leyes de primogenitura, propiedad y patriarcado que cimentaban, hasta ese entonces, el Orden. La gangrena negra ya no se detendrá. Antes bien, va a horadar el edificio de la Ley hasta resquebrajar los modelos de representación convencional, creando las condiciones para el surgimiento del Sturm und Drang.
Apenas unas décadas después, William Beckford (1760-1844) reitera y completa estos gestos profanatorios. Autor de algunas misceláneas eruditas, de varios relatos de viaje y de una singularísima novela en episodios, Vathek, también él había nacido en el seno de una familia aristocrática y mandó a construir una morada negra en las proximidades de Bath. Desaparecido hoy, Fonthill Abbey fue, en su momento, el edificio más sensacional de estilo gótico inglés, tal como lo definió Viollet-le-Duc en su Dictionnaire raisonné d’Architecture de dieciséis volúmenes, publicado a mediados del siglo XIX.
Al parecer, Fonthill era una guarida sofisticada y peligrosa. Allí Beckford, que había sido alumno de Mozart, fijó su residencia tras haber cumplido con los viajes que su familia y educación le exigían. Atrás quedaron su estadía en Suiza, donde escribió el Vathek en francés, y sus andanzas por Italia, y ya no hubo, de pronto, más que la obsesiva decoración de su casa, entendida como inagotable gabinete de curiosidades. Allí vivió, a partir de 1796, como un recluso, leyendo la biblioteca entera de Edward Gibbon, que había comprado en Londres. Allí, iluminado por una luz necromántica, invención de su amigo el conde Philippe de Loutherbourg, tuvo el tupé, como el califa árabe de su novela, de prolongar su niñez (de vender su alma al Príncipe de las Tinieblas) y de crear para sí un mundo en miniatura, un espacio cerrado de intensidades como una cajita de música, donde representar su teorema de la felicidad imposible.
Lord Byron comprendió la finura de esa perversión y la festejó, confundiendo autor y personaje, en su poema Childe Harold’s Pilgrimage (1885): There thou too, Vathek/ England’s wealthiest son/ Once form’d thy paradise (Allí también tú, Vathek/ el hijo más rico de Inglaterra/ construiste una vez tu paraíso.) Por su parte, Mallarmé, que vio en el vagabundeo del califa árabe una figura expresionista de una ruina afectiva, pudo leer el Vathek como una semántica de la noche donde proyectar la figura del esteta, del poeta maldito.
Que Fonthill Abbey pueda verse como una réplica ampliada de esa gran cueva oriental que es el Infierno de Iblís (ese lugar al que se va, no para ser castigado por los pecados, sino para pecar) no es, en todo caso, irrelevante. Tampoco lo es la recurrencia, a lo largo de la novela, de la idea de colección. En Vathek, en efecto, todos son coleccionistas: Vathek colecciona conocimiento (incluso, de ciencias inexistentes); su madre Carathis, la mudez y la pestilencia, Iblís, corazones congelados; la princesa Nuronihar, prometida de Vathek, la germinación de su imagen en la sensualidad desatada de su amado; y hasta existe un emir que colecciona inválidos.
Podría decirse que Vathek, igual que Manfred u otros personajes de la literatura gótica, procura la detención del tiempo y la promiscuidad de la pena, con la obstinación de quien se niega a haber perdido la infancia. Algo semejante ocurre en la mansión real de Fonthill. En ambos casos, Beckford se nutre de toques de Oriente, de una sensualidad más lúcida que la inteligencia y de la inteligencia de la oscuridad y, con esos tres ingredientes, construye una posesión que, a la vez, cancela el objeto y el presunto sujeto de lo poseído. El resultado es pura fusión, una fundición, una fundación posible de nuevos significados antiquísimos. La poesía no anhela otra cosa.
Un palacio de esteta es un museo vivo, un sitio donde buscar el desvío incansable, el aire para poder respirar adentro del ahogo (Beckford era asmático). No confundir: cuando el drama se desencadena, ya todo está perdido. Como en el amor, lo único que existe desde siempre es la tristeza. De ahí la melancolía de coleccionar objetos, poemas, fragmentos de lenguaje. Robar los propios recuerdos con la esperanza de exhibir, al menos, la desmesura como talismán contra el tedio, como antídoto contra la fugacidad. Preferible, diría Beckford, tolerar la frustración de no ser comprendido a desdibujarse en la mediocridad. La frustración, al menos, puede llevar a los pequeños féretros luminosos de la escritura.
Vistas desde esta perspectiva las fantasmagorías, de Horace Walpole y William Beckford se parecen. Ambos actúan como expatriados que vuelven a un sitio que nunca les perteneció. Ambos organizan furiosos ejercicios de mal gusto, parodias empalagosas, efectos teatrales como sinestesias, todo lo necesario, cruel y grotesco para acoger y promover la autodramatización. Su fiesta lúgubre quiere siempre más, exhibe sus secretos para saturar el espacio y, así, no permitir ningún intersticio por donde pudiera escapar el dolor, como si confiaran en que, intensificado, éste es capaz de redundar en un núcleo de belleza, algo parecido a un animal herido sobre un desierto de nieve. En esa casa que eligen, cada cosa hace su muerte pero la muerte no es una intensidad cero sino un refugio del sentimiento. Un espacio entre la apatía y la metamorfosis, donde cada experiencia se vuelve espejo y cada jaula una promesa, un objeto retirado hacia su imagen, su inminencia.